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El obligado poema intimista
No tiene importancia y,
aún así,
parece mentira.
Los dos que ríen y se besan,
los trabajos mal pagados,
las terrazas de Madrid,
la niña que come su merienda fría,
todos los libros que he comprado hoy,
la chocolatina que dejo a medias porque se derrite,
el óxido amigable de la sartén,
el chico de ojos negros al que nunca saludo,
mi gato y su barriga,
la obligación gratificante de escribir un poema así,
el miércoles por la tarde,
la ropa de invierno que no he guardado aún,
los zapatos cómodos,
mi televisor contra el suelo,
el virus que inunda el ordenador,
dos guitarras prestadas,
las uñas de muerto de aquella mujer,
los bolígrafos azules que pintan rojo,
los muñecos coleccionebles de shin chan,
la Torre Eiffel que no se mueve de su sitio,
los restaurantes caros a los que no puedo ir,
las deudas,
la familia,
los conciertos de la fnac...
Tú pareces mentira.
Haré todo lo posible por serlo yo también.
¿Berrinche?
¡Que palabra tan estupida!. Cuando la escucho, una sordina enfermiza me ahueca las manos. Siento que me hincho como un globo. ¡Voy a echar a volar por encima de vuestras cabezas !. Sin embargo... , <Gracias por llamar,es cierto que no es normal que grite de esa manera a las cinco y media de la mañana, era sólo un berrinche, ya está más tranquila, se ve que es una niña un poco problemática; por lo visto siente rechazo hacia su padre, sabe..., problemas de familia>,- nos dice el policía con una serenidad tímida y angustiada -. Aguantamos un par de segundos más, de pie, mirando como se encamina hacia su coche. ¿Satisfecho?. Sacamos las llaves. Volvemos a subir a casa.
Somos todos unos hijos de puta -pienso -, y a la vez me sorprendo a mí misma: ¿ a qué viene ésto ahora, acaso no estabas de vuelta de todo?. Sí, es posible, pero la escucho gritar, y me imagino a su corazón pequeño latiendo deprisa dentro de una bañera blanca, sus tobillos juntos e indefensos, la saliva resbalando por su pijama, resoplando por un poco de piedad, con los ojos obturados como cañerías viejas, tirándose del pelo con compasión...
¿¡Un berrinche!?. ¡No!. Yo veo su garganta frágil. ¡A las cinco de la mañana no hay juguetes por los que llorar, no hay dulces que quieras comer, no hay amigos con los que no te dejan jugar, no hay un colegio odioso al que no quieres ir, no hay repugnantes bocadillos de salchichón en la merienda, no hay ganas de ir al parque, nadie te obliga a ponerte los vestidos que pican y no te gustan, no hay nada por lo que patalear !. A las cinco de la mañana, un niño debería dormir y no gritar con los pulmones a sus pies: <¡socorro mamá!, ¡no papá, por qué lo haces,te prometo que voy a ser buena!>, como ahora le está ocurriendo a ella y como, en su momento, me ocurrió a mí.
El resto del barrio- supongo-, intentaba conciliar el sueño otra vez.
Que sí, que sí... críptico, críptico...
Sencillo. La energía quiere deshacerse de nosotros. Deseable. La llamada telefónica. Es grotesco. Piensas que la felicidad está ahí afuera. Continuamente. Ganamos. Es tan difícil. Tan cansados como los astronautas, tan inútiles como sus banderas. Es tan tarde. Regresan los muertos dejando rastros de tinta tras de sí. Imposible. Mis puños. Insufrible. Tus gritos. Imparable. El veneno que nos ensucia la boca. Son tan lógicos. Nuestros sexos hambrientos. Es tan triste. Tu feliz, feliz no cumpleaños. Estamos tan vivos. Somos tan dóciles, somos tan duros, tan discutibles, tan miserables, tan resumidos, tan cotidianos y necesarios, que es imposible que sea todo más trágico, más obvio y más fácil.
Me estoy poniendo muy pesada con este tema, ya lo sé.
No deben preocuparse.
No soy una persona negativa.
Al contrario.
Tengo la impresión (no la creencia), de que la felicidad no habita fuera de nosotros. Somos demasiado susceptibles hacia lo externo; cualquier cosa insignificante puede jodernos el día, sin embargo, para que algo nos lo alegre debe alcanzar la categoría de extraordinario, si no, no hay manera. Somos pretenciosos hasta el cansancio. Lo que nos rodea, lo tangible, no debería ser más que un catalizador que pusiera en marcha la verdadera maquinaria de la felicidad, que yo imagino como un centro neurálgico rodeado de vísceras y entrañas; un revulsivo que cada uno debe aplicarse a sí mismo. No es un momento pasajero, ni siquiera es un momento; no es un estado de ánimo, no depende del tiempo y me niego a que lo haga de las circunstancias; no es azar, no es suerte, no es fortuna, porque los planetas deciden alinearse en otras direcciones; no es una persona, no soy yo, no eres tú ( lo siento); no se trata de encontrar, ni de buscar, ni siquiera de dejarse engrandecer por una euforia que, al final, siempre resulta ser más efímera de lo que nos gustaría; aunque éste último sentimiento, para mi gusto, es el que más se asemeja a la gratificante sensación de la felicidad. Porque eso sí que lo creo, es una sensación, que surge de una necesidad inexplicable y a la que, normalmente, precede una lucha. Intentaré explicarlo recurriendo a una metáfora bastante imbécil:
Estás sentado dentro de tu estómago. Hay una laguna de desperdicios y suciedad, y el hedor que desprende no es el mejor de los compañeros. Estás ahí, atrapado, como todos los días. La orilla dónde ahora existes es muy pequeña. El palpitar constante del lago y sus miasmas te comen terreno. Hay bultos oscuros y ángeles con la piel amoratada que se hunden y regresan a la superficie del cementerio gelatinoso siguiendo el ritmo de tu propia digestión. Reconoces algunos objetos, algunas caras. ¿Te encuentras bien?. Deberías abrir los ojos. En el centro mismo del estanque, entre el humo y el vapor que se ahogan dentro de este invernadero tan particular, tan humano, algo flota con insistencia. Una colchoneta de playa de color verde, indigerible, se lamenta en mitad de la turba. ¿Qué vas a hacer?. Sí, todas esas figuras que flotan y que te dan tanto miedo tocarán tu cuerpo en cuanto te sumerjas y, créeme, están deseando echarte la mano al cuello, empujarte al fondo vivo de tu organismo. Es cierto, en tu minúscula orilla no se está tan mal, uno acaba por acostumbrarse al olor. Si lo piensas bien, no hacen falta demasiadas cosas para vivir. Pero los que llegan... Los que llegan al nenúfar que flota sin ahogarse esperando por ellos, sienten el ALIVIO INMEDIATO. Incluso hay algunos, los más valientes, que consiguen abandonarse por completo a esa sensación, tanto, que se ponen en pie y golpean, con sus puños aún embarrados, a su propio corazón, atravesando con ansia la pared de tejidos que los separa de él. Hurgan con sus brazos en la superficie endeble, flaquean sobre sus piernas de alambre, maldicen sus pocas fuerzas, escupen, lloran y siguen amartillando el músculo inútil hasta hacerlo latir tan deprisa que se hacen gritar a sí mismos.
Creo que está bastante claro.
La historia de mi vida
< No lo sé >
Respondo
< No lo sé >
Te digo
< No lo sé >
... lo pienso
< No lo sé >
Me esperas
< No lo sé >
Dos horas
< No lo sé >
Tres días
< No lo sé >
Me enfado
< ¡No lo sé! >
Te grito
< No lo sé >
No miento.
-¿Qué hago Cris?,
-preguntas-.

