Me estoy poniendo muy pesada con este tema, ya lo sé.
No deben preocuparse.
No soy una persona negativa.
Al contrario.
Tengo la impresión (no la creencia), de que la felicidad no habita fuera de nosotros. Somos demasiado susceptibles hacia lo externo; cualquier cosa insignificante puede jodernos el día, sin embargo, para que algo nos lo alegre debe alcanzar la categoría de extraordinario, si no, no hay manera. Somos pretenciosos hasta el cansancio. Lo que nos rodea, lo tangible, no debería ser más que un catalizador que pusiera en marcha la verdadera maquinaria de la felicidad, que yo imagino como un centro neurálgico rodeado de vísceras y entrañas; un revulsivo que cada uno debe aplicarse a sí mismo. No es un momento pasajero, ni siquiera es un momento; no es un estado de ánimo, no depende del tiempo y me niego a que lo haga de las circunstancias; no es azar, no es suerte, no es fortuna, porque los planetas deciden alinearse en otras direcciones; no es una persona, no soy yo, no eres tú ( lo siento); no se trata de encontrar, ni de buscar, ni siquiera de dejarse engrandecer por una euforia que, al final, siempre resulta ser más efímera de lo que nos gustaría; aunque éste último sentimiento, para mi gusto, es el que más se asemeja a la gratificante sensación de la felicidad. Porque eso sí que lo creo, es una sensación, que surge de una necesidad inexplicable y a la que, normalmente, precede una lucha. Intentaré explicarlo recurriendo a una metáfora bastante imbécil:
Estás sentado dentro de tu estómago. Hay una laguna de desperdicios y suciedad, y el hedor que desprende no es el mejor de los compañeros. Estás ahí, atrapado, como todos los días. La orilla dónde ahora existes es muy pequeña. El palpitar constante del lago y sus miasmas te comen terreno. Hay bultos oscuros y ángeles con la piel amoratada que se hunden y regresan a la superficie del cementerio gelatinoso siguiendo el ritmo de tu propia digestión. Reconoces algunos objetos, algunas caras. ¿Te encuentras bien?. Deberías abrir los ojos. En el centro mismo del estanque, entre el humo y el vapor que se ahogan dentro de este invernadero tan particular, tan humano, algo flota con insistencia. Una colchoneta de playa de color verde, indigerible, se lamenta en mitad de la turba. ¿Qué vas a hacer?. Sí, todas esas figuras que flotan y que te dan tanto miedo tocarán tu cuerpo en cuanto te sumerjas y, créeme, están deseando echarte la mano al cuello, empujarte al fondo vivo de tu organismo. Es cierto, en tu minúscula orilla no se está tan mal, uno acaba por acostumbrarse al olor. Si lo piensas bien, no hacen falta demasiadas cosas para vivir. Pero los que llegan... Los que llegan al nenúfar que flota sin ahogarse esperando por ellos, sienten el ALIVIO INMEDIATO. Incluso hay algunos, los más valientes, que consiguen abandonarse por completo a esa sensación, tanto, que se ponen en pie y golpean, con sus puños aún embarrados, a su propio corazón, atravesando con ansia la pared de tejidos que los separa de él. Hurgan con sus brazos en la superficie endeble, flaquean sobre sus piernas de alambre, maldicen sus pocas fuerzas, escupen, lloran y siguen amartillando el músculo inútil hasta hacerlo latir tan deprisa que se hacen gritar a sí mismos.
Creo que está bastante claro.

